¿Sufres de ecoansiedad o saturación informativa? Cómo proteger tu mente hoy

Hay días en los que parece imposible abrir el móvil sin encontrarte con algo preocupante.

Una noticia sobre una ola de calor. Un incendio. Una inundación. Una nueva previsión sobre el clima. Imágenes de un desastre al otro lado del mundo. Después aparece otra noticia sobre contaminación, sequía, guerras, economía o cualquier otro problema que parece no tener solución.

Lees una. Luego otra.

Y cuando dejas el teléfono, tienes la sensación de que el mundo se está viniendo abajo.

A veces esa sensación se relaciona con lo que conocemos como ecoansiedad. Otras veces tiene más que ver con una saturación informativa que mantiene a nuestro cerebro en una especie de estado de alerta permanente.

Y las dos cosas pueden mezclarse.

La cuestión no consiste en dejar de preocuparte por lo que ocurre en el planeta ni en vivir ajeno a las noticias. Informarse puede ser útil y necesario. El problema aparece cuando estar informado empieza a tener un coste demasiado alto para tu bienestar.

La ecoansiedad hace referencia al malestar, preocupación, miedo o angustia relacionados con el deterioro del medio ambiente y las consecuencias del cambio climático.

No es un diagnóstico psicológico oficial.

De hecho, podemos sentir preocupación por el futuro del planeta sin tener ningún trastorno psicológico. Tener miedo ante algo que percibimos como una amenaza real forma parte de nuestro funcionamiento normal.

La dificultad aparece cuando esa preocupación empieza a ocupar demasiado espacio.

Por ejemplo:

“¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos?”

“¿Y si cada vez hace más calor?”

“¿Qué ocurrirá dentro de veinte años?”

“¿Y si la situación empeora y no podemos hacer nada?”

“¿Para qué sirve lo que hago yo si el problema es tan grande?”

Estas preguntas pueden aparecer de vez en cuando.

El problema es cuando dejan de ser preguntas puntuales y se convierten en un ruido de fondo constante.

La persona sigue trabajando, cuidando de su familia, haciendo planes o saliendo con amigos, pero una parte de su atención continúa pendiente de aquello que podría suceder.

La APA recoge precisamente esta relación entre cambio climático, preocupación, miedo, tristeza, impotencia y agotamiento emocional. También señala que estos términos no deben confundirse con diagnósticos clínicos.

Hay algo especialmente curioso en la relación que tenemos actualmente con las noticias.

Buscamos información para sentir que tenemos cierto control.

“Voy a mirar qué está pasando.”

“Quiero saber si hay alguna novedad.”

“Voy a leer qué dicen los expertos.”

“Solo voy a mirar un momento.”

Pero después de diez minutos tenemos más preocupación que antes.

Entonces buscamos otra noticia para intentar resolver esa preocupación.

Y podemos entrar en un círculo bastante agotador:

preocupación → búsqueda de información → alivio momentáneo → nueva información preocupante → más preocupación.

El problema no está necesariamente en la información.

Está en utilizar la información como una manera de intentar conseguir una seguridad que ninguna cantidad de noticias puede proporcionar.

Porque siempre habrá una noticia más.

Otro análisis.

Otra previsión.

Otro dato.

Otro acontecimiento.

Y nuestro cerebro puede acostumbrarse a estar comprobando continuamente si existe alguna amenaza nueva.

Quizá no sientas una preocupación especial por el cambio climático.

Quizá simplemente estés cansado.

Cansado de recibir información constantemente.

Por la mañana miras las noticias.

Durante el desayuno aparecen titulares.

En el trabajo alguien comparte una noticia.

En WhatsApp llega un vídeo.

En Instagram aparece una noticia sobre una catástrofe.

Por la noche vuelves a consultar el móvil.

Y cuando parece que ya has terminado el día, todavía puedes encontrar más información.

El cerebro tiene muy poco espacio para desconectar.

Esto puede producir una sensación difícil de explicar: no está ocurriendo nada especialmente grave en ese momento, pero tú sigues sintiendo que deberías estar pendiente de algo.

Como si descansar fuese irresponsable.

Como si siempre hubiera algo que comprobar.

Una cosa es conocer que ha ocurrido una catástrofe.

Otra muy diferente es pasar horas consumiendo imágenes, testimonios, análisis y comentarios sobre ella.

Nuestro cerebro no siempre diferencia bien entre “esto está ocurriendo a cientos o miles de kilómetros” y “esto está ocurriendo delante de mí”.

Por eso una sucesión de imágenes y relatos puede generar una reacción emocional intensa incluso cuando estamos físicamente seguros en nuestra casa.

Esto se hace especialmente evidente después de acontecimientos traumáticos o desastres naturales.

Una persona puede haber vivido directamente un acontecimiento y experimentar consecuencias psicológicas importantes.

Pero también puede sentirse afectada indirectamente por la exposición repetida a imágenes, noticias y recuerdos.

En España hemos podido verlo, por ejemplo, después de fenómenos meteorológicos extremos. La atención psicológica posterior a la DANA de Valencia continúa mostrando cómo determinados acontecimientos pueden reactivar miedo y malestar incluso tiempo después, especialmente cuando aparecen nuevas alertas o fenómenos que recuerdan lo ocurrido.

No hace falta que estés todo el día pegado al móvil para encontrarte en esta situación.

Hay señales más sutiles.

Puede que abras las noticias automáticamente cuando estás aburrido.

Puede que mires el tiempo varias veces al día aunque no tengas ningún plan especial.

Puede que necesites saber qué ha ocurrido antes de poder concentrarte en otra cosa.

También puede aparecer irritabilidad.

Dificultad para dormir.

Problemas para concentrarte.

Sensación de agotamiento.

Pensamientos repetitivos sobre el futuro.

O una especie de desesperanza: “Da igual lo que haga, todo va a peor”.

Y hay una señal especialmente interesante.

Que quieras desconectar pero no puedas.

Apagas el móvil y al poco rato vuelves a cogerlo.

Te dices que no vas a mirar más noticias antes de dormir y terminas haciéndolo.

Decides pasar el domingo tranquilo y acabas leyendo durante una hora sobre problemas ambientales.

Ahí quizá convenga preguntarse qué función está cumpliendo esa búsqueda constante de información.

Una parte de la ansiedad tiene relación con nuestra necesidad de controlar lo que ocurre.

Cuando existe una amenaza importante, nuestro cerebro busca soluciones.

Eso tiene sentido.

Si hay un problema, intentamos anticiparnos.

El inconveniente aparece cuando la situación está fuera de nuestro control directo.

El cambio climático es un buen ejemplo.

Puedes tomar decisiones responsables en tu vida.

Puedes reciclar, reducir determinados consumos, desplazarte de otra manera, participar en iniciativas o apoyar proyectos que consideres importantes.

Pero no puedes controlar tú solo la evolución del clima del planeta.

Tampoco puedes controlar lo que hará un gobierno, una empresa, otro país o millones de personas.

Intentar mantener una vigilancia constante sobre algo que está fuera de nuestro control puede acabar consumiendo mucha energía psicológica.

Esta idea puede parecer sencilla, pero cuesta ponerla en práctica.

Estar informado no significa estar permanentemente informado.

Puedes decidir qué medios consultar.

Puedes establecer un momento concreto del día para leer las noticias.

Puedes evitar hacerlo justo antes de dormir.

Puedes dejar de seguir cuentas que convierten cualquier acontecimiento en una sucesión de mensajes alarmantes.

Y puedes preguntarte algo antes de abrir una noticia:

“¿Necesito saber esto ahora?”

No:

“¿Tengo derecho a saberlo?”

No:

“¿Y si me estoy perdiendo algo importante?”

Simplemente:

“¿Necesito esta información ahora mismo?”

En muchas ocasiones, la respuesta será que no.

Hay otro aspecto que merece atención.

Muchas veces no buscamos información porque tengamos un interés real.

La buscamos porque estamos incómodos.

Estamos aburridos.

Estamos nerviosos.

No queremos pensar en otra cosa.

Estamos esperando.

Nos sentimos solos.

Y entonces cogemos el teléfono.

El problema es que el móvil ofrece una cantidad prácticamente infinita de estímulos.

Cuando uno termina, aparece otro.

Cuando una noticia genera preocupación, aparece un análisis.

Cuando el análisis termina, aparecen comentarios.

Y después otro vídeo.

Podemos pasar de una pequeña inquietud a una exposición de veinte minutos a contenido que mantiene esa inquietud activa.

Por eso merece la pena observar el momento anterior a coger el móvil.

¿Qué estaba sintiendo?

¿Aburrimiento?

¿Ansiedad?

¿Inquietud?

¿Soledad?

¿Necesidad de distraerme?

Esta pregunta puede ser más útil que intentar imponerse simplemente “usar menos el móvil”.

Cuando aparece ecoansiedad, una reacción habitual consiste en intentar eliminar inmediatamente la preocupación.

“Quiero dejar de pensar en esto.”

“Necesito tranquilizarme.”

“No debería afectarme tanto.”

Pero luchar continuamente contra una emoción puede acabar haciendo que nuestra atención se quede todavía más atrapada en ella.

Desde las terapias contextuales, entre ellas la Terapia de Aceptación y Compromiso, se trabaja de otra manera.

En lugar de intentar conseguir que desaparezca cualquier pensamiento incómodo, podemos aprender a relacionarnos de otra forma con él.

Por ejemplo:

“Estoy teniendo el pensamiento de que el futuro va a ser terrible.”

Eso es diferente de:

“El futuro va a ser terrible.”

Parece una pequeña diferencia.

Pero psicológicamente cambia bastante.

En el primer caso estás observando un pensamiento.

En el segundo estás completamente dentro de él.

Este punto es especialmente importante.

A veces pensamos que para dejar de sufrir tenemos que convencernos de que todo va bien.

Pero quizá no sea necesario.

Puedes pensar que el cambio climático es un problema serio.

Puedes sentir tristeza.

Puedes sentir miedo.

Puedes preocuparte por tus hijos.

Y al mismo tiempo seguir haciendo tu vida.

No necesitas demostrarte que el problema no existe para poder descansar.

Esta es una diferencia importante entre aceptar una emoción y resignarse.

Aceptar que algo te preocupa no significa que te dé igual.

Significa que puedes reconocer esa preocupación sin permitir que ocupe todas las habitaciones de tu cabeza.

Hay algunas medidas sencillas que pueden ayudarte a recuperar espacio mental.

En lugar de consultar noticias cada vez que aparece el impulso, establece uno o dos momentos concretos.

Por ejemplo, después de comer y a primera hora de la tarde.

Fuera de esos momentos, puedes volver a lo que estabas haciendo.

No necesitas estar disponible para cada actualización.

No todas las cuentas, titulares o vídeos están diseñados para informar de la misma manera.

Algunos utilizan el miedo, la indignación o la alarma porque generan más atención.

Si después de consumir determinada información siempre terminas peor, quizá convenga revisar qué estás siguiendo.

Informarte no debería convertirse en una forma diaria de castigarte.

La noche suele ser un momento especialmente delicado.

Hay menos actividad alrededor, menos distracciones y más espacio para pensar.

Si además introduces noticias preocupantes justo antes de acostarte, puedes llevarte ese contenido a la cama.

Deja un margen entre la información y el sueño.

Pregúntate:

“¿Hay algo que pueda hacer con esto?”

Si la respuesta es sí, quizá puedas convertir parte de la preocupación en una acción concreta.

Si la respuesta es no, continuar investigando durante horas probablemente no aumentará tu capacidad de influir sobre la situación.

5. Vuelve a tu entorno inmediato

Cuando pensamos constantemente en problemas enormes, nuestra mente puede alejarse muchísimo del presente.

Volver a lo cercano ayuda.

Una conversación.

Un paseo.

Preparar la comida.

Jugar con tus hijos.

Hacer ejercicio.

Trabajar.

Leer.

Estar con alguien.

Son actividades aparentemente pequeñas, pero forman parte de la vida que está ocurriendo ahora mismo.

Y esa vida también merece nuestra atención.

Hay personas que empiezan preocupándose por el planeta y terminan organizando gran parte de su identidad alrededor de todo aquello que va mal.

Cada conversación termina en el mismo tema.

Cada noticia confirma que el futuro será peor.

Cada pequeño acontecimiento se interpreta como otra prueba de que nada tiene solución.

Cuando esto ocurre, la preocupación deja de ser una emoción puntual y empieza a convertirse en una manera de mirar el mundo.

Y ahí puede aparecer algo parecido a la indefensión:

“¿Para qué voy a hacer nada?”

“Da igual.”

“No puedo cambiar absolutamente nada.”

Esta forma de pensar puede ser más dañina que la propia preocupación inicial.

Porque cuando sentimos que no podemos hacer nada, dejamos de actuar incluso en aquellas cosas que sí dependen de nosotros.

Quizá una de las mayores dificultades con este tema sea la sensación de culpa.

“¿Cómo voy a desconectar cuando hay gente sufriendo?”

“¿No es egoísta preocuparme por estar tranquilo?”

Pero descansar no significa ignorar los problemas.

Puedes preocuparte por el planeta y ver una película.

Puedes estar informado sobre una catástrofe y pasar una tarde riéndote con tus amigos.

Puedes querer que las cosas cambien y, al mismo tiempo, disfrutar de tu vida.

No hay contradicción.

De hecho, mantener espacios de descanso puede ayudarte a conservar la energía necesaria para seguir haciendo aquello que consideras importante.

La próxima vez que notes el impulso de abrir las noticias, prueba algo diferente.

Antes de hacerlo, para unos segundos.

Respira.

Y pregúntate:

“¿Estoy buscando información o estoy buscando aliviar una emoción?”

No hace falta responder perfectamente.

Solo observar.

Si necesitas información, puedes buscarla.

Si descubres que estás intentando calmar ansiedad, quizá puedas esperar unos minutos y hacer otra cosa.

Dar un paseo.

Ducharte.

Hablar con alguien.

Volver a la tarea que estabas haciendo.

Sentarte un momento sin hacer nada.

El objetivo no consiste en convertirte en una persona completamente desconectada del mundo.

Consiste en recuperar la capacidad de elegir dónde colocas tu atención.

La ecoansiedad o la saturación informativa pueden formar parte de una preocupación normal.

Pero si empiezas a dormir peor, tienes pensamientos constantes, evitas determinadas situaciones, sientes una angustia difícil de manejar o notas que tu vida cotidiana está cada vez más condicionada por estas preocupaciones, merece la pena prestarles atención.

No porque preocuparte por el medio ambiente sea un problema.

Sino porque quizá estés necesitando ayuda para manejar todo lo que estás sintiendo.

La terapia psicológica puede ayudarte a entender qué está manteniendo esa ansiedad, qué relación tienes con tus pensamientos y cómo recuperar una vida más equilibrada sin tener que vivir de espaldas a aquello que te preocupa.

Hay problemas que son demasiado grandes para resolverlos individualmente.

Y precisamente por eso necesitamos aprender a convivir con cierto grado de incertidumbre.

No vamos a poder conocer todas las noticias.

No vamos a poder anticipar todo lo que ocurrirá.

Tampoco podremos controlar cada acontecimiento que nos preocupa.

Lo que sí podemos trabajar es nuestra relación con todo ello.

Quizá la pregunta no sea:

“¿Cómo consigo dejar de preocuparme por el futuro?”

Quizá sea:

“¿Cómo quiero vivir mientras el futuro todavía no ha ocurrido?”

Porque mientras lees una noticia sobre lo que podría pasar dentro de diez, veinte o treinta años, hay una parte de tu vida que está sucediendo ahora mismo.

Y esa parte también merece estar presente.


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