Salud mental: 10 señales de que necesitas empezar a cuidarte

El 10 de octubre se celebra el Día Mundial de la Salud Mental. Es una fecha que sirve para hablar de bienestar psicológico, prevención, atención profesional y también de algo mucho más cotidiano: cómo estamos viviendo.

Porque cuando hablamos de salud mental solemos pensar rápidamente en ansiedad, depresión, estrés, terapia o diagnósticos. Sin embargo, muchas veces el deterioro empieza bastante antes y de una forma mucho menos evidente. Empiezas a dormir peor, estás más irritable, dejas de hacer cosas que antes disfrutabas, tienes menos paciencia o sientes que necesitas desconectar constantemente.

No siempre significa que exista un trastorno psicológico. Tampoco significa que haya que preocuparse ante cualquier semana complicada. Hay momentos de cansancio, tristeza, preocupación o desánimo que forman parte de la vida.

La cuestión está en observar qué está pasando, cuánto tiempo lleva ocurriendo y hasta qué punto empieza a afectar a tu manera de vivir.

La salud mental no consiste en estar bien todos los días. Tiene más que ver con nuestra capacidad para relacionarnos con lo que nos ocurre, afrontar las dificultades, mantener vínculos, desarrollar nuestras actividades y recuperar cierto equilibrio después de las etapas complicadas.

Y a veces, para cuidarla, lo primero que necesitamos es dejar de esperar a estar completamente desbordados.

La salud mental es mucho más amplia que la ausencia de un problema psicológico. Una persona puede no tener ningún diagnóstico y estar atravesando una época de mucho sufrimiento, del mismo modo que alguien que convive con un trastorno puede encontrarse estable y desarrollar una vida satisfactoria con los apoyos adecuados.

Esto es importante porque todavía existe una idea bastante extendida de que pedir ayuda psicológica está reservado para situaciones extremas.

En consulta me encuentro muchas veces con personas que llegan diciendo algo parecido a: “Realmente no me pasa nada grave, pero no estoy bien”.

Esa frase ya dice bastante.

Quizá llevan meses funcionando con ansiedad, durmiendo mal, preocupándose constantemente o viviendo con una sensación de agotamiento que no consiguen explicar. Siguen trabajando, atendiendo a sus hijos, quedando con amigos y haciendo su vida. Desde fuera parece que todo continúa igual.

Por dentro, sin embargo, llevan tiempo haciendo un esfuerzo enorme para mantenerlo todo en pie.

Cuidar la salud mental también consiste en prestar atención a ese tipo de señales.

No existe una lista que permita determinar por sí sola si una persona tiene un problema psicológico. Las señales deben entenderse dentro de la historia de cada persona y teniendo en cuenta su intensidad, duración y repercusión.

Aun así, hay algunos cambios que merece la pena observar.

No hablamos de estar cansado después de una semana especialmente intensa.

El problema aparece cuando el cansancio empieza a convertirse en tu estado habitual y ni siquiera descansar parece suficiente para recuperar energía.

Puedes levantarte por la mañana pensando ya en todo lo que tienes que hacer. Llegas al final del día agotado y, aun así, no consigues desconectar. Durante el fin de semana intentas descansar, pero tu cabeza continúa funcionando como si estuvieras trabajando.

El cansancio físico y el agotamiento emocional pueden mezclarse hasta el punto de que resulta difícil saber dónde termina uno y empieza el otro.

A veces el cuerpo está pidiendo una pausa que llevamos demasiado tiempo intentando aplazar.

La irritabilidad suele pasar bastante desapercibida cuando hablamos de salud mental.

Muchas personas esperan encontrarse tristes para pensar que algo no va bien. Sin embargo, algunas etapas de ansiedad, estrés sostenido o agotamiento aparecen principalmente como poca paciencia.

Te molestan cosas pequeñas. Saltas por cualquier comentario. Tienes menos tolerancia con tus hijos, tu pareja o tus compañeros de trabajo. Después quizá te arrepientes y piensas que estás reaccionando de una manera que no se corresponde contigo.

La irritabilidad no significa necesariamente que exista un problema psicológico, pero cuando supone un cambio claro respecto a tu manera habitual de relacionarte conviene preguntarse qué está ocurriendo.

Hay personas que describen su problema de una manera muy sencilla:

“Estoy todo el día pensando”.

Repasan conversaciones, anticipan problemas, imaginan escenarios futuros, recuerdan cosas pendientes y buscan continuamente alguna forma de solucionar aquello que les preocupa.

El problema no es pensar. Pensar puede ayudarnos a resolver problemas y tomar decisiones.

La dificultad aparece cuando pensar se convierte en una actividad repetitiva que no conduce a ninguna solución.

Puedes pasar horas intentando encontrar la respuesta perfecta a una situación que quizá no tiene una respuesta perfecta.

En estos casos, la mente busca seguridad, pero termina generando todavía más cansancio.

A veces empezamos a abandonar pequeñas actividades que formaban parte de nuestra vida sin darnos cuenta.

Dejas de quedar con alguien porque estás cansado. Ya no sales a caminar. No te apetece hacer deporte. Pospones aquel hobby que antes disfrutabas. Los fines de semana pasan entre sofá, móvil y tareas pendientes.

Al principio parece algo temporal.

Después se convierte en una rutina.

Cuando el malestar psicológico aumenta, es frecuente que nuestra vida se vaya haciendo cada vez más pequeña. Y cuanto menos hacemos, menos oportunidades tenemos de experimentar situaciones agradables, conexión con otras personas o sensación de eficacia.

Por eso, observar qué hemos dejado de hacer puede aportar mucha información sobre cómo estamos.

El sueño está estrechamente relacionado con nuestro bienestar psicológico.

Puedes tener dificultades para conciliar el sueño, despertarte varias veces, levantarte demasiado temprano o dormir muchas horas y continuar sintiéndote agotado.

También puede ocurrir algo muy habitual: llegas a la cama cansado, pero justo entonces aparece todo aquello que durante el día has conseguido mantener apartado.

Empiezas a pensar en el trabajo, en una discusión, en una decisión pendiente o en algo que podría ocurrir mañana.

Una mala noche puede ser circunstancial. Varias semanas durmiendo mal merecen otra mirada.

Esta señal es especialmente fácil de confundir con productividad.

Hay personas que se sienten incómodas cuando no están haciendo algo. Llenan cada espacio libre con trabajo, tareas domésticas, gimnasio, redes sociales, series, planes o cualquier actividad que les permita no quedarse a solas con sus pensamientos.

El problema aparece cuando el descanso empieza a generar malestar.

Si sentarte diez minutos sin hacer nada te resulta insoportable, quizá merezca la pena preguntarte qué aparece cuando desaparece el ruido externo.

A veces no estamos descansando cuando paramos. Simplemente estamos esperando a volver a ocuparnos.

Hay una idea que puede resultar especialmente dañina: “Tengo que poder con esto yo solo”.

Algunas personas han aprendido desde pequeñas a resolverlo todo por su cuenta. Otras sienten que pedir ayuda significa ser débiles. También hay quienes piensan que sus problemas no son suficientemente importantes como para molestar a nadie.

Pero soportar una situación durante mucho tiempo no demuestra necesariamente que podamos manejarla bien.

En ocasiones simplemente demuestra que llevamos mucho tiempo haciendo un esfuerzo.

Hablar con alguien de confianza puede ser suficiente en algunos momentos. En otros, puede ser conveniente buscar ayuda profesional para entender qué está ocurriendo y qué cambios pueden resultar útiles.

La salud mental no ocurre únicamente dentro de nuestra cabeza.

También se refleja en cómo nos relacionamos.

Puedes estar más distante con tu pareja, discutir con más frecuencia, aislarte de tus amigos o sentir que no tienes energía para mantener conversaciones.

También puede suceder lo contrario: buscar constantemente la tranquilidad de otras personas porque no consigues manejar determinadas emociones por ti mismo.

Cuando una dificultad psicológica empieza a afectar de manera clara a nuestras relaciones, merece la pena prestarle atención.

Las relaciones pueden convertirse en una fuente importante de apoyo, pero también pueden verse afectadas cuando llevamos demasiado tiempo funcionando desde el agotamiento, la ansiedad o la irritabilidad.

Esta es una sensación que muchas personas describen cuando llevan demasiado tiempo bajo presión.

Te levantas, trabajas, haces lo que tienes que hacer, llegas a casa, atiendes tus responsabilidades y vuelves a empezar al día siguiente.

La vida se convierte en una sucesión de obligaciones.

Cumples. Respondes. Resuelves.

Pero tienes la sensación de que estás viviendo con el piloto automático puesto.

Cuando aparece esta sensación durante un periodo prolongado, puede ser útil detenerse y observar algo más profundo: si la vida que estás manteniendo se parece todavía a la vida que quieres vivir.

Quizá sea una de las señales más difíciles de reconocer.

Desde fuera tienes motivos para estar bien. Tienes trabajo, familia, pareja, amigos o una situación que objetivamente podría parecer estable.

Entonces aparece la culpa:

“Con todo lo que tengo, no debería encontrarme así”.

Pero las emociones no funcionan mediante una contabilidad de motivos para estar agradecido.

Puedes valorar tu vida y, al mismo tiempo, estar sufriendo.

Puedes querer a tu familia y sentirte agotado.

Puedes tener un buen trabajo y vivir con ansiedad.

Puedes tener una relación estable y sentirte solo.

Reconocer lo que ocurre no significa despreciar lo que tienes. Significa dejar de utilizarlo para invalidar lo que estás sintiendo.

Hay una presión creciente por sentirse bien.

Dormir bien. Comer bien. Hacer ejercicio. Ser productivo. Meditar. Tener relaciones saludables. Regular las emociones. Desconectar del móvil.

Todas esas cosas pueden ser útiles, pero también pueden convertirse en otra lista de obligaciones.

Y entonces aparece una contradicción bastante curiosa: intentamos cuidar nuestra salud mental con tanta intensidad que terminamos sintiéndonos mal por no hacerlo suficientemente bien.

La salud mental no requiere una vida perfecta.

Habrá días de ansiedad, discusiones, cansancio, tristeza, dudas y momentos en los que simplemente no tendremos ganas de hacer nada especial.

El objetivo no consiste en eliminar todas esas experiencias.

Consiste en aprender a relacionarnos con ellas de una manera que no termine organizando toda nuestra vida.

No existe una receta universal, porque las necesidades de cada persona son diferentes. Aun así, hay algunas cuestiones que pueden ayudarnos a empezar a observar nuestra situación de otra manera.

Una de ellas es recuperar espacios que tengan sentido para nosotros.

No hablo únicamente de hacer más cosas. A veces necesitamos hacer menos y elegir mejor dónde ponemos nuestra atención.

También puede ser útil revisar cómo estamos durmiendo, qué relación tenemos con el móvil, cuánto tiempo llevamos sin hacer algo que nos gusta o cuánto contacto mantenemos con otras personas.

La conexión social tiene un papel importante en el bienestar psicológico. No necesitamos tener una agenda llena. En ocasiones basta con recuperar una conversación pendiente, salir a caminar con alguien o dejar de aislarnos cuando estamos pasando por una etapa difícil.

También conviene observar nuestra relación con el control.

Hay situaciones que podemos cambiar y otras que no dependen completamente de nosotros. Gastar toda nuestra energía intentando conseguir certezas absolutas puede mantenernos atrapados en la preocupación.

Desde las terapias contextuales, entre ellas la Terapia de Aceptación y Compromiso, se trabaja precisamente esta relación con nuestros pensamientos, emociones y circunstancias. La idea no consiste en conseguir que nunca aparezcan pensamientos desagradables o emociones difíciles, sino en aprender a actuar de acuerdo con aquello que consideramos importante incluso cuando esas experiencias están presentes.

Esto cambia bastante la pregunta.

En lugar de preguntarnos únicamente “¿cómo puedo dejar de sentirme así?”, podemos empezar a preguntarnos:

A veces ese cambio de perspectiva abre posibilidades que llevábamos tiempo sin ver.

No hace falta esperar a encontrarse al límite para consultar con un psicólogo.

De hecho, pedir ayuda cuando empiezan a aparecer determinadas dificultades puede permitir trabajar sobre ellas antes de que terminen ocupando cada vez más espacio.

Puede ser recomendable consultar cuando el malestar se mantiene durante semanas, cuando empieza a interferir en el trabajo o en los estudios, cuando afecta a las relaciones, cuando aparecen cambios importantes en el sueño o en la alimentación, cuando la ansiedad resulta difícil de manejar o cuando sientes que estás dejando de vivir de la manera que quieres.

También puede ser un buen momento para consultar cuando llevas mucho tiempo intentando resolver algo por tu cuenta y sigues dando vueltas al mismo sitio.

La terapia no tiene por qué empezar con una etiqueta.

Puede empezar sencillamente con una conversación para comprender qué está pasando.

El Día Mundial de la Salud Mental puede servir para hablar de diagnósticos, tratamientos y recursos, pero también para algo mucho más cercano.

Para preguntarnos cómo estamos.

No cómo deberíamos estar.

No cómo creen los demás que estamos.

Cómo estamos realmente.

Quizá llevas meses diciendo que estás cansado cuando en realidad estás saturado. Quizá llamas falta de motivación a algo que tiene más que ver con el agotamiento. Quizá piensas que eres demasiado sensible cuando llevas demasiado tiempo soportando una situación difícil.

Escucharse no significa hacer caso a cada pensamiento que aparece.

Significa empezar a prestar atención a lo que está ocurriendo y tomar decisiones a partir de ahí.

La salud mental tampoco se cuida únicamente cuando aparece un problema. Se construye en la manera en que organizamos nuestra vida, en las relaciones que mantenemos, en cómo afrontamos las dificultades y en la capacidad para pedir apoyo cuando lo necesitamos.

El 10 de octubre puede ser una buena fecha para recordarlo.

Pero no tendría mucho sentido hablar de salud mental un día al año y olvidarnos de ella durante los otros 364.

A veces cuidar nuestra salud mental empieza por algo bastante sencillo: reconocer que últimamente no estamos bien y dejar de exigirnos que deberíamos poder con todo.

La salud mental forma parte de nuestra salud general y está relacionada con nuestra manera de afrontar las dificultades, relacionarnos con los demás, desarrollar nuestras capacidades y desenvolvernos en la vida cotidiana. No significa sentirse bien todo el tiempo ni equivale simplemente a no tener un diagnóstico psicológico.

Una etapa difícil puede formar parte de la vida. Conviene prestar más atención cuando el malestar se mantiene, aumenta o empieza a interferir de forma significativa en el sueño, el trabajo, las relaciones, las actividades cotidianas o la capacidad para disfrutar.

No. Acudir a un psicólogo puede servir para afrontar un problema concreto, comprender mejor lo que está ocurriendo, adquirir nuevas herramientas o prevenir que una dificultad termine afectando más áreas de la vida.

El Día Mundial de la Salud Mental se celebra cada año el 10 de octubre. Es una jornada destinada a sensibilizar sobre la salud mental, reducir el estigma y promover una atención adecuada y accesible.

Cuidar la salud mental no consiste en conseguir que nuestra vida sea tranquila todo el tiempo. Hay momentos difíciles que forman parte de cualquier vida y emociones que no podemos evitar.

Lo que sí podemos hacer es aprender a detectar cuándo estamos llevando demasiado tiempo funcionando desde el agotamiento, la preocupación, el aislamiento o la desconexión de aquello que realmente nos importa.

Y, sobre todo, podemos dejar de esperar a estar completamente desbordados para pedir ayuda.

Porque atender nuestra salud mental cuando algo empieza a no funcionar también es una forma de cuidarnos.


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