Ataque de ansiedad o ataque de pánico: cómo diferenciarlos y qué hacer

Estás en el supermercado, en el coche o en la cama. De repente el corazón se acelera, notas que te falta el aire y aparece la idea de que algo muy grave está a punto de ocurrir.

Pasan unos minutos. Poco a poco todo vuelve a la normalidad.

Pero tú no. Porque el miedo que queda después de un ataque de ansiedad puede ser casi tan fuerte como el propio ataque.

Muchas personas me preguntan lo mismo: «¿Era ansiedad o era un ataque de pánico? ¿Me estaba pasando algo en el corazón?»

En este artículo te explico qué es un ataque de ansiedad, en qué se parece y en qué se diferencia de un ataque de pánico y qué puedes hacer cuando aparece.

Lo esencial Un ataque de ansiedad es una reacción intensa del cuerpo ante una amenaza percibida; es muy desagradable, pero no es peligroso en sí mismo. Suele alcanzar su punto máximo en pocos minutos y después baja. Lo que más lo alimenta es el miedo a volver a sentirlo y las conductas para evitarlo. Si es la primera vez o hay dolor en el pecho, conviene que lo valore un médico.

Es una oleada de síntomas físicos y emocionales que aparece cuando el cuerpo activa su sistema de alarma.

Esa alarma es útil. Nos prepara para huir o defendernos ante un peligro.

El problema aparece cuando se activa sin que haya un peligro real delante, o cuando es desproporcionada para lo que está ocurriendo.

No es un diagnóstico oficial. Es una forma habitual de llamar a un episodio de ansiedad muy intensa.


Cada persona lo vive de manera distinta, pero son frecuentes:

  • Taquicardia o sensación de latidos fuertes.
  • Falta de aire o sensación de ahogo.
  • Opresión en el pecho.
  • Mareo o sensación de inestabilidad.
  • Temblor, sudoración o escalofríos.
  • Hormigueo en manos o alrededor de la boca.
  • Sensación de irrealidad.
  • Miedo a perder el control o a morir.

Todos estos síntomas tienen una explicación fisiológica. Pero cuando los sientes, la mente suele interpretarlos como una señal de peligro, y eso los intensifica.

En la práctica, los dos términos se parecen mucho. La diferencia suele estar en la intensidad y en el contexto.

Un ataque de ansiedad suele ir creciendo poco a poco y está relacionado con una preocupación o una situación estresante concreta.

Un ataque de pánico suele aparecer de golpe, con una intensidad muy alta, y a veces sin un motivo claro que lo explique.

Cuando los ataques de pánico se repiten y aparece un miedo constante a que vuelvan, se habla de trastorno de pánico.

Distinguirlos con exactitud corresponde a un profesional. Lo importante es saber que ambos se pueden trabajar.

Es muy incómodo, pero por sí mismo no es peligroso.

El cuerpo no puede mantener ese nivel de activación indefinidamente. Por eso los síntomas suben, llegan a un máximo y bajan.

Dicho esto, hay una excepción importante. Si es la primera vez que te ocurre, si el dolor en el pecho es intenso o se irradia al brazo o a la mandíbula, o si tienes dudas, acude a urgencias o a tu médico. Descartar un problema físico es siempre lo primero.

No existe un truco mágico. Pero sí hay cosas que ayudan y cosas que empeoran el problema.

Decirte «esto es un ataque de ansiedad, es desagradable pero va a pasar» reduce el miedo a lo desconocido.

Intentar pararlo a toda costa suele aumentar la tensión. Piensa en una ola: sube, llega a su punto más alto y baja.

Alarga un poco la salida del aire respecto a la entrada. No se trata de controlar la respiración a la perfección, sino de darle algo sencillo al cuerpo en lo que apoyarse.

Nota los pies en el suelo. Mira tres objetos que tengas delante. Escucha tres sonidos. Esto ayuda a que la atención deje de estar solo en el miedo.

Salir corriendo de la situación alivia en el momento, pero enseña al cerebro que ese lugar era peligroso. Cuando sea posible, espera a que la ola baje antes de moverte.

Porque después del primero aparece algo más: el miedo al miedo.

Empiezas a vigilar tu cuerpo. Evitas sitios donde ocurrió. Llevas siempre agua, evitas el café, no te alejas de casa.

Cada una de esas decisiones tiene sentido. Pero el círculo se parece a este:

sensación física → interpretación de peligro → más ansiedad → evitación → más miedo a volver a sentirlo.

El ataque ya no depende solo de lo que ocurre fuera. Depende de cómo reaccionas ante tus propias sensaciones.

Una de las ideas más útiles de la Terapia de Aceptación y Compromiso es esta: el sufrimiento aumenta cuando dedicamos toda nuestra energía a evitar sentir.

Si cada vez que aparece una sensación de ansiedad tu respuesta es huir, comprobar o calmarla a cualquier precio, tu vida se va organizando alrededor del miedo.

Trabajar de otra manera implica aprender a notar la ansiedad sin dejar que dirija tu conducta.

Puedes sentir el corazón acelerado y seguir caminando.

Puedes tener un pensamiento catastrófico sin obedecerlo.

Eso no significa resignarte. Significa dejar de gastar la vida en pelear con algo que, aunque incómodo, no es una amenaza real.

Merece la pena consultar con un psicólogo cuando:

  • Los ataques se repiten o te preocupa que vuelvan.
  • Estás evitando lugares, actividades o personas por miedo a sentirlos.
  • Duermes mal o vives en tensión constante.
  • Tu vida diaria está cada vez más limitada.

La terapia ayuda a entender qué mantiene la ansiedad en tu caso concreto y a recuperar actividades que habías dejado de hacer.

Lo habitual es que los síntomas alcancen su punto más alto en pocos minutos y después vayan bajando. La sensación de malestar o agotamiento puede prolongarse algo más.

No. Los síntomas pueden parecerse a los de un problema cardiaco, pero un ataque de ansiedad no causa un infarto. Aun así, si es la primera vez o tienes dolor intenso, conviene descartar un problema físico con un médico.

La ansiedad es una respuesta normal del ser humano y no desaparece del todo. Lo que sí puede cambiar es cómo te relacionas con ella para que deje de dirigir tu vida.

Mantén la calma, habla despacio, no le digas que se tranquilice sin más y quédate a su lado hasta que baje. Pregunta qué le ayuda.

Un ataque de ansiedad es una experiencia muy desagradable, pero pasajera y no peligrosa en sí misma.

Lo que mantiene el problema suele ser el miedo a volver a sentirlo y las estrategias que usamos para evitarlo.

Entender qué te ocurre y cambiar la relación con esas sensaciones es el primer paso para recuperar libertad.


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