Imagínate que estás cenando con tu pareja, viendo una serie o simplemente descansando en el sofá. De repente coges el móvil.
No ha sonado ninguna notificación.
No estabas esperando ningún mensaje.
Pero miras Instagram, TikTok, WhatsApp o cualquier otra red casi sin pensarlo.
Unos segundos después vuelves a dejar el teléfono.
Y al rato vuelves a hacerlo.
Puede parecer una costumbre sin demasiada importancia. Sin embargo, detrás de esta necesidad constante de mirar qué está pasando puede haber algo más: FOMO y ansiedad, una combinación cada vez más presente en nuestra relación con las redes sociales.
El término FOMO viene del inglés Fear Of Missing Out, que significa miedo a perderse algo. Es esa sensación de que mientras tú estás haciendo tu vida, los demás están viviendo, disfrutando, avanzando o descubriendo cosas que tú te estás perdiendo.
Y cuando esa sensación se convierte en una necesidad constante de comprobar qué hacen los demás, descansar puede resultar sorprendentemente difícil.
¿Qué está pasando con las redes sociales?
El debate no es nuevo, pero en septiembre de 2026 ha vuelto con fuerza.
La Comisión Europea prepara medidas para reforzar la protección de los menores en internet y limitar el acceso de los más jóvenes a determinadas plataformas. El debate incluye también cuestiones como los sistemas de recomendación, el diseño de las aplicaciones y determinadas funciones que pueden favorecer un uso continuado.
No se trata únicamente de cuánto tiempo pasa una persona delante de una pantalla.
La cuestión psicológica es más interesante:
¿Qué hace que volvamos una y otra vez a mirar?
Porque dos personas pueden utilizar el móvil durante una hora y vivir experiencias completamente diferentes.
Una puede consultar algo concreto y continuar con su día.
Otra puede entrar para mirar un mensaje y terminar veinte minutos después saltando de una publicación a otra, comparándose con otras personas y sintiendo que debería estar haciendo algo diferente con su vida.
Ahí aparece una parte importante del problema.
El FOMO no consiste simplemente en querer estar informado
Todos queremos saber qué ocurre a nuestro alrededor.
El problema aparece cuando esa necesidad empieza a gobernar nuestra atención.
El FOMO puede aparecer cuando pensamos:
- «A ver qué estarán haciendo.»
- «Seguro que ha pasado algo y no me he enterado.»
- «Todo el mundo está disfrutando menos yo.»
- «Si no miro el móvil, quizá me pierda algo.»
- «Tengo que contestar.»
- «No quiero quedarme fuera.»
- «Los demás están avanzando y yo estoy parado.»
En algunos casos la persona ni siquiera formula estos pensamientos de manera consciente.
Simplemente siente el impulso.
Mira.
Comprueba.
Se tranquiliza durante unos minutos.
Y vuelve a aparecer la necesidad.
Ese pequeño alivio es importante para entender por qué determinados hábitos digitales pueden mantenerse.
¿Por qué mirar el móvil nos tranquiliza durante un rato?
Aquí aparece un mecanismo psicológico bastante sencillo.
Imagina que tienes una preocupación.
Sientes cierta inquietud.
Coges el móvil y compruebas las notificaciones.
No hay nada preocupante.
Durante unos segundos notas alivio.
Tu cerebro aprende algo muy simple:
«Cuando siento esta inquietud, mirar el móvil me ayuda.»
La próxima vez que aparezca una sensación parecida, será más probable que vuelvas a hacerlo.
No hace falta que exista una adicción en sentido clínico para que este patrón se consolide.
Puede convertirse simplemente en un hábito muy automatizado.
Y cuanto más automático es, menos te preguntas si realmente querías hacerlo.
El problema no siempre es el móvil
Esto merece una aclaración.
Sería demasiado sencillo decir que el problema son las redes sociales y que la solución consiste en eliminarlas.
Para algunas personas reducir su uso puede ayudar mucho.
Pero en psicología conviene mirar también para qué utiliza una persona aquello que quiere dejar de hacer.
Una persona puede mirar Instagram porque está aburrida.
Otra porque se siente sola.
Otra porque necesita distraerse.
Otra porque está preocupada.
Otra porque se compara constantemente.
Otra porque no soporta quedarse a solas con sus pensamientos.
Y otra puede hacerlo porque necesita sentir que está conectada con los demás.
El comportamiento exterior es parecido.
La función psicológica puede ser completamente distinta.
FOMO y comparación social: una combinación difícil
Las redes sociales tienen una particularidad que puede alimentar mucho la comparación.
Normalmente no vemos la vida completa de los demás.
Vemos fragmentos.
Una fotografía de vacaciones.
Una cena.
Una pareja sonriente.
Un ascenso.
Una casa nueva.
Un cuerpo cuidado.
Un viaje.
Un proyecto que parece funcionar.
Una persona puede saber racionalmente que está viendo una selección de momentos.
Pero emocionalmente puede reaccionar como si estuviera viendo la realidad completa.
Y entonces aparece una comparación muy injusta.
Yo comparo mi vida completa con los mejores momentos que otras personas han decidido enseñar.
No necesito pensar que los demás son perfectos para sentirme peor.
A veces basta con percibir que están viviendo más cosas que yo.
Ahí el FOMO empieza a mezclarse con inseguridad, frustración y sensación de quedarse atrás.
«Todo el mundo está haciendo algo menos yo»
Esta frase aparece con frecuencia detrás del FOMO.
Una persona puede estar teniendo una semana completamente normal.
Trabaja.
Hace la compra.
Llega cansada a casa.
Cena.
Ve una serie.
Se acuesta.
Nada especialmente preocupante.
Entonces abre una red social.
En cinco minutos ve un viaje, una boda, una celebración, un concierto, una pareja, un grupo de amigos y varias personas mostrando proyectos personales.
De repente su semana normal parece una vida aburrida.
Ese cambio no siempre tiene que ver con lo que está ocurriendo en su vida.
Tiene que ver con el contraste entre su experiencia cotidiana y una sucesión de experiencias seleccionadas de otras personas.
Cuando descansar genera ansiedad
Hay personas que se sienten incómodas cuando no están haciendo nada.
Descansar les parece perder el tiempo.
Estar un domingo por la tarde sin planes puede generar inquietud.
Mientras tanto, el móvil ofrece una solución inmediata.
Siempre hay algo que mirar.
Siempre aparece algo nuevo.
Siempre hay alguien haciendo algo.
Por eso la hiperconexión puede tener una relación curiosa con el descanso.
Tenemos más posibilidades que nunca de entretenernos, pero eso no significa necesariamente que sepamos descansar mejor.
A veces necesitamos aprender precisamente lo contrario: tolerar unos minutos de aburrimiento sin tener que llenarlos inmediatamente.
El FOMO también puede aparecer fuera de las redes
Aunque el término se haya popularizado con internet, el mecanismo psicológico no nació con Instagram.
Puede aparecer cuando sentimos que tenemos que aceptar todos los planes.
Cuando nos cuesta decir que no.
Cuando pensamos que deberíamos aprovechar cada oportunidad.
Cuando vemos que nuestros amigos han quedado y nosotros no.
Cuando sentimos que a nuestra edad deberíamos haber conseguido determinadas cosas.
Incluso puede aparecer en el trabajo.
Un compañero acepta un proyecto.
Otro cambia de empresa.
Otro empieza una formación.
Otro monta un negocio.
Y aparece la sensación:
«Yo también debería estar haciendo algo.»
La persona deja de preguntarse qué quiere.
Empieza a preguntarse qué está haciendo todo el mundo.
El problema de vivir pendiente de lo que hacen los demás
Cuando la atención está constantemente dirigida hacia fuera, puede resultar más difícil saber qué necesitamos nosotros.
Esto tiene una consecuencia que suele pasar desapercibida.
Podemos terminar tomando decisiones para no quedarnos atrás, en lugar de tomarlas porque encajan con nuestra vida.
Aceptamos un plan porque todo el mundo va.
Compramos algo porque parece que todos lo tienen.
Nos apuntamos a una actividad porque sentimos que deberíamos aprovechar el tiempo.
Publicamos porque queremos demostrar que también estamos haciendo cosas.
Y poco a poco aparece una pregunta incómoda:
¿Estoy viviendo mi vida o reaccionando continuamente a la vida que veo en los demás?
FOMO y ansiedad: cuando comprobar se convierte en una necesidad
No todas las personas que utilizan mucho las redes tienen ansiedad.
Tampoco todo uso frecuente del móvil significa dependencia.
Conviene evitar diagnósticos improvisados.
Pero sí hay señales que pueden indicar que nuestra relación con el móvil merece atención.
Por ejemplo:
- sentir inquietud cuando no podemos consultar el teléfono;
- comprobar repetidamente si hay mensajes;
- dificultad para concentrarse sin mirar notificaciones;
- compararnos continuamente con otras personas;
- sentir que nos estamos perdiendo algo;
- utilizar las redes para evitar pensamientos incómodos;
- acostarnos más tarde por seguir mirando contenido;
- sentir malestar después de pasar mucho tiempo conectados;
- intentar reducir el uso y volver rápidamente al mismo patrón.
Una señal aislada no dice demasiado.
Lo que importa es el patrón y el efecto que tiene sobre nuestra vida.
La paradoja: mirar para sentirnos mejor y terminar sintiéndonos peor
Este es uno de los aspectos más interesantes desde la psicología.
Podemos utilizar una conducta para reducir una emoción desagradable y terminar aumentando el problema.
Estoy aburrido → miro el móvil.
Estoy preocupado → miro el móvil.
Me siento solo → miro el móvil.
Me siento inseguro → miro el móvil.
Me tranquilizo unos minutos.
Pero después aparecen más comparación, más información, más estímulos y quizá nuevas preocupaciones.
Entonces vuelvo a mirar.
Se forma un círculo.
No porque la persona carezca de fuerza de voluntad, sino porque ha aprendido una forma rápida de regular lo que siente.
Y los hábitos rápidos suelen competir muy bien contra las alternativas que requieren más tiempo.
¿Y qué ocurre con los adolescentes?
Aquí la conversación adquiere otra dimensión.
La Unión Europea está planteando precisamente nuevas medidas porque la exposición digital durante la infancia y adolescencia preocupa cada vez más desde el punto de vista de la seguridad y el bienestar. La Comisión Europea señala que el tiempo dedicado a pantallas y redes sociales por niños de 9 a 15 años se ha incrementado notablemente durante los últimos años.
Además, Eurostat señala que en 2025 el 98 % de los jóvenes de 16 a 29 años de la Unión Europea utilizaba internet diariamente y que las redes sociales eran una de las actividades digitales más extendidas entre ellos.
Para un adolescente, además, la necesidad de pertenecer al grupo tiene un peso especial.
Por eso dejar el móvil puede sentirse de una manera muy diferente a «dejar de entretenerse».
Puede sentirse como quedarse fuera.
No enterarse de una conversación.
No saber qué está ocurriendo.
No ver algo que los demás sí han visto.
No participar.
Por eso las respuestas adultas del tipo «pues quítate las redes» pueden quedarse demasiado cortas.
Hay que entender qué función están cumpliendo.
No todo se soluciona prohibiendo
El debate actual sobre limitar las redes a menores es complejo.
Hay razones relacionadas con la protección de los niños y adolescentes, pero también cuestiones educativas, familiares, sociales y de autonomía.
Desde la psicología, una cuestión interesante es que poner un límite externo puede ser útil, pero no sustituye el aprendizaje de autorregulación.
Un adolescente necesita aprender progresivamente a identificar:
«Estoy entrando porque quiero.»
«Estoy entrando porque me siento mal.»
«Estoy entrando porque tengo miedo de perderme algo.»
«Estoy entrando porque estoy aburrido.»
Son situaciones diferentes.
Y cuanto mejor pueda reconocerlas, más posibilidades tendrá de elegir qué hacer.
¿Qué podemos hacer los adultos?
Una primera medida es observar nuestra propia conducta.
Es difícil pedirle a un adolescente que deje el móvil mientras el adulto está constantemente mirando WhatsApp durante la comida.
Los niños aprenden mucho de lo que ven.
También conviene evitar que toda conversación sobre tecnología se convierta en una discusión.
Podemos preguntar:
«¿Qué es lo que más te cuesta cuando dejas el móvil?»
La respuesta puede sorprendernos.
Quizá diga:
«Que me aburro.»
«Que todos mis amigos están conectados.»
«Que tengo miedo de perderme algo.»
«Que pienso demasiado cuando estoy solo.»
Esa respuesta abre una conversación mucho más útil que simplemente discutir sobre el número de horas.
Aprender a tolerar el impulso
Una estrategia psicológica sencilla consiste en observar el impulso sin obedecerlo inmediatamente.
Aparece la necesidad de mirar.
En lugar de coger automáticamente el teléfono, podemos esperar unos minutos.
No para luchar contra el deseo.
Solo para observarlo.
«Estoy teniendo ganas de mirar.»
«Estoy sintiendo inquietud.»
«Mi cabeza me dice que debería comprobarlo.»
Y esperar.
El objetivo no es conseguir que desaparezca la sensación.
Es descubrir que podemos sentir el impulso sin tener que actuar inmediatamente.
Esto conecta directamente con una idea muy presente en las terapias contextuales: aprender a relacionarnos de otra manera con nuestros pensamientos, emociones e impulsos.
Una pregunta más útil que «¿cuánto tiempo paso con el móvil?»
El número de horas puede aportar información.
Pero quizá haya una pregunta todavía más interesante:
¿Qué estoy dejando de hacer mientras estoy conectado?
¿Estoy durmiendo menos?
¿Estoy evitando conversaciones?
¿Estoy posponiendo actividades que me importan?
¿Estoy dejando de disfrutar de momentos que antes disfrutaba?
¿Estoy más pendiente de los demás que de mi propia vida?
¿Me cuesta estar conmigo mismo sin estímulos?
Estas preguntas permiten mirar el problema desde otro lugar.
Porque el objetivo no debería ser simplemente utilizar menos tecnología.
Debería ser recuperar capacidad para elegir dónde ponemos nuestra atención.
Desconectar no significa desaparecer
Quizá por eso resulta interesante el concepto de JOMO, Joy Of Missing Out, que estos días también aparece en el debate sobre nuestra relación con las redes. Frente al miedo a perdernos algo, plantea la posibilidad de experimentar cierta satisfacción al no participar en todo.
No significa abandonar internet.
Tampoco vivir desconectado.
Significa poder pensar:
«Hoy no voy.»
«No necesito enterarme.»
«No tengo que contestar ahora.»
«No necesito demostrar que estoy haciendo algo.»
«Prefiero quedarme aquí.»
Parece sencillo.
Para una persona acostumbrada a comprobar constantemente lo que ocurre fuera, puede ser bastante difícil.
Y precisamente por eso puede convertirse en un aprendizaje psicológico interesante.
Recuperar una vida que no necesita ser mostrada
Las redes sociales tienen una característica que puede modificar nuestra relación con la experiencia.
A veces dejamos de preguntarnos si estamos disfrutando algo y empezamos a pensar si merece la pena fotografiarlo.
No siempre.
No en todas las personas.
Pero ocurre.
La experiencia pasa a tener una segunda capa:
«¿Cómo se verá?»
«¿Qué pensarán?»
«¿Cuántos me gusta tendrá?»
«¿Quién lo verá?»
Y esa segunda capa puede alejarnos un poco de lo que está ocurriendo delante de nosotros.
Por eso recuperar momentos que no se publican puede tener un valor especial.
Una comida que nadie fotografía.
Un paseo sin compartirlo.
Una conversación sin móvil encima de la mesa.
Una tarde aburrida.
Un plan al que decidimos no acudir.
Una decisión que tomamos sin necesitar aprobación.
Son pequeñas experiencias que ayudan a recordar que una vida no necesita ser visible para tener valor.
Cuándo puede ser conveniente pedir ayuda psicológica
Si las redes están generando ansiedad intensa, problemas de sueño, aislamiento, conflictos familiares, dificultades académicas o laborales, o una sensación persistente de no poder controlar la conducta, puede ser conveniente consultar con un profesional.
También cuando el móvil se ha convertido en la principal forma de evitar emociones difíciles.
En estos casos, trabajar únicamente sobre el tiempo de pantalla puede quedarse corto.
Puede ser necesario entender qué hay debajo:
ansiedad, soledad, inseguridad, necesidad de aprobación, perfeccionismo, dificultades para relacionarse, miedo al rechazo o problemas para tolerar determinadas emociones.
Ahí la intervención psicológica puede ayudar a trabajar el problema desde su origen y no únicamente sobre el comportamiento visible.
Quizá la pregunta no sea cuánto te conectas, sino para qué
El debate sobre las redes sociales probablemente va a continuar.
Europa está estudiando nuevas restricciones para los menores y las propias plataformas están cada vez más en el centro de la conversación sobre bienestar digital.
Pero mientras las leyes, las familias y las empresas discuten dónde poner los límites, cada persona puede hacerse una pregunta más cercana:
¿Qué busco cada vez que cojo el móvil sin necesitarlo?
A veces buscamos información.
Otras veces entretenimiento.
Y en ocasiones buscamos algo más difícil de reconocer: tranquilidad, compañía, aprobación o una manera rápida de escapar de lo que estamos sintiendo.
Entender esa diferencia cambia bastante las cosas.
Porque quizá el objetivo no sea vivir sin redes sociales.
Quizá sea conseguir que las redes sociales vuelvan a ocupar un lugar dentro de nuestra vida, en lugar de que nuestra vida termine girando alrededor de ellas.
Y eso también es salud psicológica.
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